(Aclaración: Ella NO es Colombina, aunque se llame Colomba. No se sienta obligado a imaginarla cuando el narrador hable de Colombina)Me encontraba encerrado en una de esas típicas tardes primaverales de Noviembre, han de haber sido las 7 de la tarde o por ahí, cuando me separé de mis amigos e iba de vuelta a mi casa. Mi casa estaba (y sigue estando) ubicada en la comuna de Ñuñohue, en los alrededores de la plaza que lleva el mismo nombre, lugar en que los atardeceres primaverales son realmente gratos y frescos, pero teniendo siempre el arrullador sonido del tráfico en la hora punta que los distancia de ser melosos.
Bueno, como iba diciendo, me separé de mis amigos justamente en la Plaza Ñuñohue masomenos a las 7 de la tarde para encaminarme a mi hogar, por el camino acostumbrado. Ya avanzadas unas cuadras, doblé una esquina y la vi. Iba con un andar tranquilo y ligero, escuchando música con su Walkman.
Y bajo sus pies ligeros se desliza hacia atrás el mundo, y los pétalos morados inevitablemente la siguen, se deslizan a sus lados. Bajo su cuerpo los pétalos morados y bajo los pétalos morados el planeta. Ante su figura se distribuyen las calles, se derraman teniéndola a ella como referencia primordial, en base a ella se esparcen como redes, mientras ella continúa su andar despreocupado, haciendo girar en dirección opuesta al mundo que bajo sus pies existe, de sus pies para abajo, girando opuestamente a su andar, haciéndola avanzar, haciendo ella que éste se deslice en reversa.
Cuando pasó a mi lado, tras haber sentido su aroma, me acerqué a ella y, sin pensarlo, le pregunté su nombre (cómo adorarla sin conocer el sonido con el que ella misma se conocía). “Colombina”, me respondió, y su voz penetró mis oídos no como una tiernucha voz de miel y rozas (que era lo que yo esperaba), sino con el exacto timbre de un diapasón (no me pregunten en qué tono estará afinado el diapasón, pues no soy músico y comienzo a temer que jamás lo seré, sólo sé que su voz era exactamente como la de un diapasón). Bueno, pero la cosa es que se llamaba Colombina y seguía caminando, ahora a mi lado -mas bien, yo a su lado-, pero sin prestarme la mayor atención. “¿Hacia dónde vas?” le pregunté (para saber así hacia donde iba yo), “Sólo sígueme” fue todo lo que me dijo.
Comenzamos a escurrirnos por entre las pequeñas callecitas Ñuñohuinas, no las principales arterias, sino esas características callecillas algo sombrías, llenas de árboles antiguos y con las veredas cubiertas de hojas secas. Como ya se ha dicho, las calles se esparcían teniendo a Colombina como referencia, se organizaban en torno a ella, y es por esto -pienso yo- que ella lograba ubicarse tan bien (pues es bastante fácil desorientarse entre todas esas pequeñas callecitas, con nombres de desconocidos poetas autóctonos). Por fin, llegamos a una esquina en que estaba estacionado un auto muy antiguo, y la casa de la esquina -mas bien un garage- estaba abierta. “Ven” me dijo Colombina, precipitándose al interior del Garage.
Dentro el aire estaba cargado de olor a vino tinto (no de ese que viene en botella, no, de ninguna manera) y a tabaco, y había unas cinco o seis personas charlando en un círculo. Colombina se acerca al círculo y yo me acerco detrás, como una suerte de anfitrión, charla a viva voz el famoso pintor Michael Edwards. Con sorpresa (uno no espera encontrarse con tan buen pintor en un antro así, perdido entre los poetas desconocidos de Ñuñohue), miré las paredes y descubrí que esa era, nada mas ni nada menos, una exposición de las obras del sr. Edwards, al parecer gratuita y abierta.
Hablando cada vez mas alto, tiñendo con sonoras carcajadas la conversación, Michael Edwards y sus contertulios comienzan a elevarse, subiendo y subiendo por el cielo (a estas alturas me percato de que hay un enorme agujero en el techo de la sala). Con temor abracé a Colombina, temiendo que ella también se eleve, con un temor por la propia vida, un pánico desde lo mas profundo, temiendo yo que ella se vaya, quedarme aquí, en un mundo que ya no gire, sabiendo que el cielo posee lo único valedero en esta vida. Pero no, Colombina no se eleva, Colombina se queda aquí conmigo, en la tierra. Me miró y me besó, nos besamos. Nos amamos (o quizás, mas bien, yo la amo, de cualquier forma me da igual, nos besamos y Colombina existe, eso basta). Colombina se recuesta, canturrea, me mira, los pétalos morados no han dejado de seguirla (de seguirnos), siempre rodeada de pétalos morados, Colombina duerme y yo sencillamente sonrío.